Curtidores, tejedores, tornero de cobre. La medina vive antes de las siete. Cómo se elige a quién visitar y por qué.
Fez tiene una hora que casi nadie ve. Es la que va de las cuatro y media a las seis de la mañana, cuando la medina aún no se ha despertado del todo y los primeros oficios ya están en funcionamiento. La ciudad se llena después, a partir del primer Adhan — la llamada al rezo del fajr, que en enero suena a las seis y diecisiete, en julio a las cuatro y cincuenta. Antes de esa llamada, Fez pertenece a tres talleres. Después, a quince mil personas.
El primer taller es el de los curtidores de Chouara. Casi todos los visitantes lo ven a mediodía, desde las terrazas que rodean el patio, con el olor del amoníaco golpeando en pleno calor. Pero Chouara, a las cinco de la mañana, es otro lugar. Las tinas están en reposo, el patio en penumbra, y solo uno o dos hombres están encendiendo las fogatas que calentarán los baños del día. El olor es la mitad. La luz, completamente distinta — gris azulada, sin sombra.
El segundo taller queda a quince minutos a pie, en una calle estrecha del barrio de R'cif. Es el de los tejedores de seda — aunque hoy ya no es seda pura, sino agave, una fibra que llaman aquí «seda cactus» y que se hila con la misma técnica de los telares de madera del siglo XVIII. El tejedor con el que trabajamos abre el taller a las cinco menos cuarto. No por nosotros — por la luz. La luz lateral del amanecer, dice, es la única que permite ver si el hilo está tenso.
El tercero es un tornero de cobre, el último que queda en la calle Seffarine. No es una afirmación retórica: queda él y, según asegura, dos más en toda la medina, ambos sin discípulo. Tiene sesenta y un años. Empezó a los nueve, con su padre. El torno es de pedal, de madera de cedro, con una rueda de hierro que cumple ochenta años el próximo otoño. A las cinco y media, golpea el cobre con un martillo pequeño. El sonido viaja por la calle vacía y es, posiblemente, lo más antiguo que se oye en Fez antes del Adhan.
Estos tres talleres no abren para el público a estas horas. Abren para el huésped, una sola vez al año, dos como mucho — y solo cuando el recorrido lo organiza directamente la casa, no a través de intermediarios. La razón es práctica: el tornero necesita silencio para escuchar el cobre; los curtidores no quieren grupos en el patio antes de empezar la jornada; el tejedor mide la luz por minutos. Una llegada tarde rompe la rutina entera del taller. Y la rutina, aquí, es lo que sostiene el oficio.
El recorrido empieza a las cuatro y cuarto en el riad, con un café del Yemen preparado por la cocinera de la casa y un trozo de msemen recién hecho. Salimos andando — los coches no entran en la medina, y a esa hora ni siquiera las motos circulan. Vamos los dos solos, el huésped y yo. Sin guía local, sin equipo. Eso es deliberado: catorce años de relación con estos artesanos no se delegan en una empresa intermedia. Es una de las razones por las que Signed Journey firma solo siete viajes al año.
El Adhan del fajr es la frontera. En cuanto suena desde la Qaraouine — la mezquita y universidad fundada en el año 859, todavía activa, con voz humana, sin altavoz mecánico — los talleres se despiden. El tornero deja el cobre. El tejedor cubre el telar. Los curtidores empiezan a despertar el patio. A partir de ese minuto, la medina se llena en aproximadamente veinte minutos: comercios, mulas cargadas, niños camino del colegio. La ciudad cambia de propietario.
De vuelta al riad, hacia las siete y cuarto, el huésped suele estar callado. No es agotamiento — son apenas tres horas de paseo. Es otra cosa. La sensación, creo, de haber visto un Fez que no era para ellos y al que, sin embargo, se les ha permitido entrar. Eso es lo que firmamos. No el acceso turístico, que cualquier hotel ofrece. Lo otro: la rutina íntima de tres oficios antes de que la ciudad despierte. Y la confianza, construida desde 2011, de que esos tres oficios sigan ahí mañana.


