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Lo que se oye cuando ya no se oye nada

Sahara · Crónica9 min

Lo que se oye cuando ya no se oye nada

2026 · Febrero · Signed Journey · 3 min · 656 palabras

200 km del último pueblo. La primera noche en el desierto sin móvil. Notas de campo de un viaje que no era reportable.

Doscientos kilómetros del último pueblo. Ese es el dato que repito a los clientes antes de salir, no para asustar — para preparar. Erg Chebbi no es un desierto turístico, aunque tenga campamentos de lujo y vuelos directos desde Errachidia. Es una pared de arena de veintidós kilómetros de largo que empieza donde acaba Merzouga y termina en la frontera argelina. Allí, una vez apagado el motor del 4x4, no hay nada. No es una manera de hablar. No hay nada.

La primera noche, casi todos los huéspedes oyen su propio reloj. Eso suelo advertirles. El oído urbano, acostumbrado al zumbido de los electrodomésticos y al rumor del tráfico lejano, necesita un punto en el que enganchar la atención. Y como aquí no hay puntos, el cerebro fabrica uno: el latido en la sien, la respiración propia, el reloj de pulsera si lo llevan. Es un fenómeno fisiológico, no místico. Se llama acúfeno transitorio y dura, normalmente, hasta el amanecer.

La segunda noche, ese ruido interno ya no aparece. Los oídos se han adaptado. Empiezan a aceptar el silencio como dato, no como ausencia. Y entonces ocurre algo que no suelo describir bien — porque ningún cliente lo describe igual, y porque no es agradable de inmediato. La mayoría siente, primero, una incomodidad sin nombre. Una vibración baja en el pecho. Como si el cuerpo, al no recibir información acústica, exigiera algo a cambio.

Los bereberes con los que trabajo desde 2011 — la familia de Brahim, en particular, que organiza los campamentos privados al sur de Khamlia — lo explican con una sola frase: «el desierto pregunta antes de hablar». No es metáfora. Es descripción funcional. El silencio del Erg Chebbi no es vacío. Es un espacio que espera que usted ponga algo dentro. Y casi todos lo ponemos: un recuerdo, una decisión pendiente, una conversación que llevábamos meses evitando.

He acompañado a sesenta y dos huéspedes a esta zona en los últimos catorce años. Sesenta y dos. Llevo la cuenta por una razón profesional: ninguno me ha pedido salir antes. Algunos lloran la segunda noche, otros duermen como no dormían desde la adolescencia, otros simplemente se quedan mirando la duna y dejan de hablar durante horas. Nadie pide volver al hotel. Es uno de los pocos datos que tengo, después de catorce años, sin excepción.

El campamento que usamos no aparece en Booking. No tiene wifi, no por capricho — el repetidor más cercano está a ochenta y cinco kilómetros. Las tiendas son de lona doble, con suelo de alfombra del Atlas Medio, baño privado con agua caliente traída en camión cada dos días. Brahim cocina cordero en hoyo de arena, una técnica que se llama mechoui y que en este punto del Sahara aún se prepara como en los años setenta. La cena dura tres horas. Nadie tiene prisa.

La tercera noche, si hay tercera, es distinta. El silencio ya no incomoda. Se convierte en algo cercano al sueño, pero sin dormir. Los clientes hablan menos. Caminan más despacio. Algunos me han dicho — y esto lo registro sin adornar — que vuelven a casa pensando con otra velocidad. No mejor, no peor: otra. Un huésped catalán, ingeniero, lo formuló así en la furgoneta de vuelta a Errachidia: «He recuperado un canal que no sabía que estaba apagado».

No vendo esta experiencia. No aparece en folletos ni en la portada de la web, y rara vez en las cartas de propuesta. Forma parte de algunos de los siete viajes anuales que firmo, cuando el perfil del huésped y la estación lo permiten — el Erg Chebbi solo se visita entre octubre y abril; en verano es inhabitable. Lo cuento aquí porque, después de catorce años, sigue siendo lo único que ningún cliente olvida. Lo demás se difumina. El silencio, no.

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